
La Noche en que Descendimos: Diario de un Entrenador de Fútbol Sala
Un entrenador de fútbol sala cuenta la noche del descenso, lo que dijo y no debió decir, y lo que cambió en las semanas siguientes para no perder al grupo.
Escrito por
João Araújo
Profesor de Educación Física (FADEUP – Universidad de Oporto) · Entrenador de Fútbol Sala – Nivel II · Licencia UEFA B · Máster en Educación Física
15 años vinculado a la Educación Física en el ámbito escolar, 20 años al entrenamiento de fútbol sala en categorías de formación y 5 años como entrenador de fútbol. Jugador federado y amateur de fútbol y fútbol sala.
Sábado, 23:14. El marcador del pabellón de Albacete seguía en 0:00 y nadie lo había apagado. Perdimos 3-4 en la última jornada de Segunda B, con un gol encajado a 19 segundos del final, en un 5x4 en el que nuestro portero había subido como portero-jugador. Con ese resultado, bajamos a Tercera.
Me acuerdo más del sonido que de la imagen. La afición local cantando, el silbato del árbitro rebotando en el techo de chapa y luego un silencio raro en nuestro lado de la pista. Hugo, capitán desde hacía cuatro temporadas, se quedó tumbado boca arriba en el centro de la pista. Dani, nuestro ala de 19 años, se sentó en el banquillo con la cabeza entre las rodillas. Yo me quedé de pie. No sabía qué hacer con las manos.
En el vestuario, quince minutos después, dije una frase que todavía recuerdo palabra por palabra: “La culpa es mía. Fui yo quien mandó subir al portero.” Después salí a hablar con el presidente y dejé al grupo solo.
Lo que pasó esa noche y en las 48 horas siguientes
En ese momento pensé que asumir la culpa era lo que debía hacer un líder. Protegía a los jugadores, les quitaba el peso de encima. Hoy no lo tengo tan claro.
Lo que entendí más tarde, hablando con Hugo, fue que la frase tuvo el efecto contrario al que yo buscaba. Los jugadores no se sintieron protegidos. Sintieron que el entrenador había tirado la toalla. Uno de ellos me dijo meses después: “Parecía que te estabas despidiendo.” Y no era solo eso. Al decir que la culpa era de la decisión del 5x4, reduje una temporada entera de 26 jornadas a una jugada. Los jugadores sabían que no habíamos bajado por ese gol. Habíamos bajado por todo lo que vino antes.
Luego llegó el segundo error. A las 2:07 de la madrugada, sin poder dormir, escribí un mensaje largo en el grupo de WhatsApp del equipo. Cuatro párrafos. Agradecimientos, disculpas, un análisis medio táctico, medio emocional, y una frase sobre “reconstruir”. Nadie respondió en 11 horas. Luego, dos jugadores pusieron un pulgar hacia arriba. Nada más.
Un mensaje así, a esa hora, no es comunicación. Es desahogo. Y los jugadores, que estaban pasando el mismo duelo, no necesitaban cargar también con el mío.
El domingo por la mañana fui a nuestro pabellón a recoger la bolsa de balones, que se había quedado en el coche del utillero. Estaba Paco, el conserje que abre las puertas desde hace veinte años. No dijo nada del partido. Me preguntó si quería un café. Estuvimos diez minutos sentados en la grada vacía, mirando la pista donde habíamos entrenado tres días por semana desde agosto. Fue la primera vez desde el pitido final que pude respirar hondo. A veces la persona que más ayuda es la que no intenta ayudar.
Descender no es lo mismo que fracasar en todo
Necesité unas dos semanas para poder mirar la temporada con algo de frialdad. Cuando lo hice, con los números delante, vi tres cosas que aquella noche no podía ver.
La primera, que encajamos 11 de nuestros 41 goles en los últimos cinco minutos de los partidos. Más de una cuarta parte. No era mala suerte. Era un patrón, y tenía una explicación física: nuestra rotación era corta, con dos cuartetos casi fijos, y el segundo cuarteto llegaba al final de los partidos mucho más cansado que el rival.
La segunda, que habíamos tenido la tercera mejor defensa del grupo hasta la jornada 14. El derrumbe llegó tras las lesiones del cierre titular y del suplente, y nunca encontramos solución para esa posición. No fue falta de actitud. Fue falta de fondo de plantilla en un puesto crítico.
La tercera, que en 26 jornadas perdimos 9 partidos por un gol. Nueve. Convertir uno solo de ellos en empate habría bastado para salvarnos.
Nada de esto cambia el resultado. Pero cambia la historia que el grupo se cuenta a sí mismo sobre la temporada. Y esa historia pesa mucho a la hora de decidir quién se queda y quién se va.
Lo que cambié después
No podía deshacer aquella noche. Pero sí cambiar lo que venía después.
Esperé antes de analizar. No hubo reunión de balance la semana siguiente. La fijé para tres semanas después, con día y hora, y le dije al grupo que hasta entonces no se hablaba de la temporada. Fue la mejor decisión que tomé ese verano. La gente llegó a la reunión con la cabeza fría.
Hablé con cada jugador, a solas. Catorce conversaciones, de 20 minutos a una hora, en un bar cerca del pabellón. No empecé preguntando si se quedaban. Empecé preguntando cómo habían vivido la temporada. Escuché cosas que no sabía. Dos jugadores habían pensado en irse a mitad de temporada por el reparto de minutos. Un tercero llevaba dos meses jugando con dolor y no había dicho nada.
Enseñé los números, no la culpa. En la reunión de balance llevé los tres datos que he contado. Los goles en los últimos cinco minutos, el derrumbe tras las lesiones, los nueve partidos perdidos por un gol. No para excusar a nadie. Para enseñar que había problemas concretos con soluciones concretas.
Planifiqué la temporada siguiente delante del grupo. Una de las cosas que más pesó en las conversaciones fue que los jugadores vieran que había un plan. Dibujé la pretemporada en la herramienta de Planificación de Fútbol Sala de SportsLabTools, con más trabajo físico específico para los finales de partido y una rotación de tres cuartetos en lugar de dos, y se la enseñé antes de preguntarles si se quedaban. La pregunta dejó de ser “¿quieres quedarte en un equipo que ha bajado?” y pasó a ser “¿quieres formar parte de esto?”.
Cuidé primero del más joven. Dani dejó de contestar en el grupo la semana siguiente. Fue su madre quien me llamó, preocupada: no salía de su habitación. En la jugada del cuarto gol, había sido él quien perdió el balón en medio campo, y estaba convencido de que el descenso era culpa suya. Quedé con él en un parque, sin balón, sin pizarra, sin nada. Le enseñé en el móvil los tres errores que habían pasado antes de esa jugada, dos de ellos de jugadores con diez años más de fútbol sala que él. No sé si le convencí ese día. Pero volvió a aparecer. La temporada siguiente fue el jugador con más minutos de la plantilla.
Cambié el primer entrenamiento de la temporada siguiente. En lugar de empezar con test físicos, empezamos con veinte minutos sentados en el suelo del pabellón. Cada jugador dijo una cosa que había aprendido la temporada anterior. Solo una. Hubo quien habló de táctica, quien habló de su familia y quien se quedó callado y solo dijo “paso”. Después jugamos un 4x4 de media hora sin una sola corrección mía. Fue el entrenamiento más ruidoso que recuerdo. Sentí que ahí se quedaba atrás el descenso.
Se quedaron nueve de los catorce. De los cinco que se fueron, tres tenían motivos que nada tenían que ver con el descenso (trabajo, estudios, un cambio de ciudad). Hugo se quedó. Dani también.
Lo que todavía no sé hacer bien
No sé si existe una buena manera de hablarle a un equipo en los primeros quince minutos después de un descenso. Quizá la respuesta sea no hablar. Decir solo “mañana no hay entrenamiento, hablamos la semana que viene” y dejar a los jugadores estar juntos sin el entrenador. En ese momento pensé que el silencio sería abandono. Hoy creo que el abandono fue salir a hablar con el presidente.
Tampoco sé si habría hecho algo distinto en el 5x4. He revisado la jugada decenas de veces. La decisión era defendible. Salió mal. A veces las dos cosas son verdad a la vez, y aprender a vivir con eso forma parte del oficio.
Consulta también: Gestión de Plantilla en Fútbol Sala: Mantener al Grupo Unido en 30 Jornadas: lo que debería haber hecho mejor con la rotación mucho antes de la última jornada.
La temporada siguiente subimos. Pero no es eso lo que mejor recuerdo. Recuerdo el marcador parado en 0:00, y haberme dado cuenta, tarde, de que aquella noche el grupo me necesitaba menos de lo que creía, y en las semanas siguientes mucho más. Y tú, después de la peor noche de tu temporada, ¿te quedaste con el grupo o saliste a hablar con el presidente?
Planifica la reconstrucción antes de pedir a los jugadores que se queden. Usa la Planificación de Fútbol Sala de SportsLabTools para enseñarles la próxima temporada en lugar de solo prometerla.
*Este relato parte de un caso real, pero se ha preservado la identidad de las personas y del club, y algunos detalles del contexto se han recreado con fines ilustrativos.*
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