Vestuario de fútbol en el descanso con los jugadores sentados en silencio y el entrenador de pie junto a la pizarra táctica

Perdí el Vestuario en el Descanso: Diario de un Entrenador de Fútbol

Un entrenador de fútbol regional cuenta el descanso en que gritó, señaló a jugadores y perdió al grupo. Qué falló y el protocolo de 10 minutos que usa ahora.

Escrito por

João Araújo

Profesor de Educación Física (FADEUP – Universidad de Oporto) · Entrenador de Fútbol Sala – Nivel II · Licencia UEFA B · Máster en Educación Física

15 años vinculado a la Educación Física en el ámbito escolar, 20 años al entrenamiento de fútbol sala en categorías de formación y 5 años como entrenador de fútbol. Jugador federado y amateur de fútbol y fútbol sala.

Domingo, 17:47. Perdíamos 0-2 en un campo de césped artificial de Alcalá de Henares, jornada 6 de Preferente madrileña. Entré en el vestuario antes que los jugadores. Me acuerdo del olor a Reflex y del ruido de los tacos sobre el suelo de cemento cuando fueron entrando, uno a uno, sin mirarme.

No esperé a que se sentaran. Lancé la botella de agua contra la pared y dije, palabra por palabra, que aquello era “una vergüenza” y que “la mitad de vosotros no merece esta camiseta”. Después señalé a Rubén, nuestro central, y le pregunté delante de todos si sabía lo que era marcar a un delantero. El segundo gol había sido un cabezazo sin oposición a su espalda.

Hablé durante siete minutos. No dije ni una sola cosa táctica.

Cuando el árbitro nos llamó, los jugadores salieron más rápido de lo que habían entrado. Perdimos 0-4.

Lo que pasó en esos siete minutos

En ese momento pensé que estaba “despertando” al equipo. Había leído en algún sitio que algunos entrenadores pegan un golpe en la mesa en el descanso y eso cambia partidos. Yo quería ser ese entrenador.

Lo que ocurrió de verdad fue otra cosa. Rubén, que ya se estaba culpando por el gol, jugó toda la segunda parte con miedo. Se quedaba dos metros por detrás de la línea en cada ataque rival, lo que rompía nuestro fuera de juego. El tercer gol nació justo ahí, con su delantero habilitado por la posición de Rubén.

El capitán, Javi, que normalmente habla mucho en el campo, no abrió la boca en 45 minutos. Luego me dijo que sentía que cualquier cosa que dijera iba a sonar a llevarme la contraria.

¿Y los otros nueve? No sabían qué cambiar. No se lo había dicho. Les había dicho que estaban mal, pero no por qué ni cómo corregirlo. El extremo izquierdo siguió cerrando hacia dentro cuando tenía que quedarse abierto, porque nadie le explicó que por ahí subía su lateral.

El lunes, en la sesión de recuperación, la tensión se notaba. Los jugadores se saludaban entre ellos, pero nadie venía a hablar conmigo. Rubén no vino. Mandó un mensaje diciendo que estaba enfermo.

El error no fue gritar. Fue gritar sin contenido.

Tardé en entenderlo. Durante una semana me convencí de que el problema había sido el tono y de que bastaba con hablar más bajo la próxima vez.

No era solo eso. Revisando el partido en vídeo, me di cuenta de que en el descanso ni siquiera sabía cuál era el problema táctico. Había pasado los últimos 15 minutos de la primera parte reaccionando con el corazón a cada jugada, y llegué al vestuario sin diagnóstico. La rabia ocupó el espacio que debía haber ocupado el análisis.

Los 15 minutos de descanso se quedan en diez útiles. Los estudios sobre comunicación en el descanso y la experiencia de cualquiera que haya pasado por muchos vestuarios apuntan en la misma dirección: los jugadores retienen poco, dos o tres ideas como mucho, y bastante menos cuando se sienten amenazados emocionalmente. Un jugador que se siente atacado deja de escuchar. Se pone a la defensiva, no en modo aprendizaje.

Además está el problema del objetivo. Señalar a Rubén en público no le hizo marcar mejor. Hizo que los otros diez aprendieran que equivocarse conmigo en el banquillo costaba una humillación. Desde ese día, y durante unas semanas, el equipo jugó pensando en no fallar. En el fútbol, eso es jugar hacia atrás.

No digo que un entrenador no pueda levantar la voz nunca. Creo que puede, pocas veces y con un objetivo colectivo, sobre actitud y no sobre personas. Pero si levantar la voz sustituye a la información, has perdido el descanso.

Lo que cambié después

La semana siguiente escribí un protocolo en una hoja A5 y la pegué en la tapa de mi carpeta. Lo uso desde entonces, con pocos cambios, desde hace tres temporadas.

Minutos 0 a 2: nadie habla. Los jugadores beben, se sientan, se quitan las espinilleras si quieren. Yo me quedo con los ayudantes en la puerta. Esos dos minutos son tanto para mí como para ellos: me bajan las pulsaciones y me obligan a pensar antes de abrir la boca.

Minutos 2 a 3: charla rápida con el segundo. Trae tres notas escritas durante la primera parte. Yo elijo dos. Nunca más de dos.

Minutos 3 a 7: las dos correcciones, dibujadas. Aquí fue donde más cambié. En lugar de hablar al aire, dibujo las dos situaciones. Al principio usaba una pizarra magnética vieja que había en el vestuario. Hoy llevo en la tablet la Pizarra Táctica de SportsLabTools y preparo los dos dibujos en los últimos minutos de la primera parte, todavía en el banquillo. Cuando entro en el vestuario ya no improviso. Enseño dónde está el espacio, quién tiene que cerrarlo y qué cambia en la segunda parte. Los jugadores miran la pantalla, no mi cara, y eso le quita carga emocional a la conversación.

Minutos 7 a 8: una frase para el grupo. Solo una. Sobre actitud o sobre el momento del partido. “Los primeros diez minutos de la segunda parte son nuestros” funciona mejor que cualquier sermón.

Minutos 8 a 10: conversaciones individuales, en voz baja. Si alguien necesita una corrección individual, es aquí, al oído, en una esquina del vestuario. Nunca delante del grupo.

Los primeros descansos con el protocolo fueron raros. En el primer partido ganábamos 1-0 y esos dos minutos de silencio me parecieron eternos. Uno de los veteranos, Álvaro, me preguntó después si me pasaba algo. Me reí. En el entrenamiento del martes le expliqué al grupo lo que intentaba hacer y por qué, incluido el 0-4. Creo que fue la primera vez que admití delante de la plantilla que me había equivocado en un partido. La reacción fue mejor de lo que esperaba. Javi pidió tener un minuto al final, antes de mi frase para el grupo, para hablar él. Acepté, y sigue siendo así.

También cambió el trabajo del segundo entrenador durante la primera parte. Antes veía el partido como yo, sufriendo. Ahora tiene una hoja con tres columnas: organización defensiva, organización ofensiva y transiciones. Apunta el minuto y una frase corta cada vez que ve un patrón repetirse dos veces. Una jugada aislada no cuenta. En el minuto 35 me pasa la hoja. Yo ya tengo mis impresiones y comparo. Cuando coincidimos, la decisión es fácil. Cuando no, me fío más de su hoja que de mi memoria, porque mi memoria, perdiendo, es una pésima consejera.

Hay una regla que no está en la hoja pero que cumplo siempre: si estoy demasiado alterado para seguir el protocolo, le pido al segundo que haga la parte táctica. Ha pasado dos veces en tres temporadas. Las dos veces el equipo mejoró en la segunda parte.

En cuanto a Rubén, le llamé el martes. Le pedí perdón por haberle expuesto delante del grupo. No le pedí perdón por la exigencia con la marca, eso lo mantuve. Volvió el miércoles y jugó los 90 minutos el domingo siguiente. No sé si la relación volvió a ser exactamente igual. Seguramente no. Pero mejoró.

Lo que todavía no he resuelto

Sería deshonesto decir que lo tengo dominado. En partidos de final de temporada con el descenso en juego, siento la misma subida de adrenalina hacia el minuto 40. El protocolo ayuda porque me da algo concreto que hacer, pero no elimina la emoción.

Tampoco tengo claro que el formato sirva para todas las plantillas. Con un equipo juvenil que entrené una temporada, las dos correcciones dibujadas funcionaban bien, pero la frase colectiva tenía que ser más larga. Los más jóvenes parecían necesitar sentir más al entrenador. Con veteranos, menos es casi siempre más.

Y hay partidos en los que, en el descanso, el diagnóstico es simplemente “estamos jugando bien y perdiendo”. En esos, la tentación de cambiarlo todo es enorme. He aprendido a decirle eso mismo al grupo: seguid así, los números están de nuestro lado. No siempre funciona. Pero es más honesto que inventarse un problema.


Consulta también: Liderazgo en el Vestuario en el Fútbol: El Papel del Capitán en la Gestión del Grupo: lo que puede hacer el capitán en los momentos en que el entrenador no es la mejor voz.


A veces todavía pienso en Rubén jugando dos metros por detrás de la línea, con miedo de mí. Y tú, cuando llegas al vestuario en el descanso, ¿ya sabes lo que vas a decir, o lo descubres cuando abres la boca?


Prepara tus dos correcciones antes de entrar al vestuario. Usa la Pizarra Táctica de Fútbol de SportsLabTools para enseñarlas en lugar de gritarlas.


*Este relato parte de un caso real, pero se ha preservado la identidad de las personas y algunos detalles del contexto se han recreado con fines ilustrativos.*

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