Joven delantero de fútbol cabizbajo tras fallar una ocasión de gol

Mi Sequía de Goles en el Fútbol: Diario de un Joven Delantero

Siete partidos sin marcar, el puesto en el aire y la cabeza pesando más que las piernas. Diario en primera persona de una sequía de goles en el fútbol de formación.

Escrito por

João Araújo

Profesor de Educación Física (FADEUP – Universidad de Oporto) · Entrenador de Fútbol Sala – Nivel II · Licencia UEFA B · Máster en Educación Física

15 años vinculado a la Educación Física en el ámbito escolar, 20 años al entrenamiento de fútbol sala en categorías de formación y 5 años como entrenador de fútbol. Jugador federado y amateur de fútbol y fútbol sala.

Sábado, 17:10. Cuarto partido seguido en que entré sobre el minuto 60 y no hice nada con ello. El míster no dijo nada en el vestuario, y hay días en que su silencio pesa más que una bronca. En el autobús de vuelta a casa conté con los dedos, apoyado en la ventanilla: siete partidos sin marcar. Para un delantero juvenil, siete partidos parecen una temporada entera.

Antes de esta sequía yo marcaba casi sin pensar. Llegaba al área, aparecía el balón, remataba. Ahora llego al área y pienso en todo a la vez: en el pie de apoyo, en la salida del portero, en lo que el míster va a apuntar en la ficha, en los dos chavales del banquillo que quieren mi sitio. Pienso tanto que la jugada ya me ha pasado antes de decidir qué hacer con el balón.

Escribo esto porque, en plena sequía, nadie me explicó lo que estaba pasando de verdad. Todos a mi alrededor repetían las mismas frases, “ya entrarás”, “el siguiente sale”, “confía”, y ninguna me ayudó a marcar el octavo gol. Lo que ayudó fue otra cosa, y tardé casi un mes en verla.

El Remate Que Mandé a la Segunda Fila de la Grada

Contra el segundo clasificado del grupo, jugué los últimos veinte minutos. En el 74 apareció justo la ocasión que había pedido toda la semana en mi cabeza: centro raso desde la derecha, el central resbalando al apoyar, yo solo a ocho metros con el portero tapando el primer palo. Un mes antes ponía ese balón en el palo largo sin mirar siquiera a la portería.

Aquel sábado, paré el balón con la suela. Ajusté el cuerpo. Esperé medio segundo de más. Y lo mandé por encima del larguero, a la segunda fila de la grada, donde estaba sentado mi padre.

El problema no fue técnico, fue ese medio segundo. Cuando estás confiado, se remata antes de que la defensa se recomponga. Cuando estás en sequía, quieres asegurar el gol perfecto, y el gol perfecto no existe. Solo existe el gol que entra antes de que llegue el defensa. Me quedé con las manos en la cabeza, oí un “otra vez no” desde algún punto del banquillo y supe que salía antes de que el míster levantara la pizarra. Salí en el 78.

El Vestuario No Ayuda, y No Es por Mala Fe

Durante una sequía, el vestuario se vuelve un sitio raro. Nadie te trata mal. Es casi peor: te tratan con cuidado. Los compañeros dejan de meterse contigo después de un fallo, y ahí es cuando sabes que la cosa está fea, porque las bromas de siempre son señal de que nadie está preocupado. El míster empieza a hablarte en voz más baja, con ese tono de quien no quiere romper nada.

Un compañero mayor, que había pasado por esto el año anterior, me dijo una frase en el vestuario después de aquel partido: “Deja de intentar meter el gol que te saca de la sequía. Mete el próximo gol feo que aparezca.” No estoy seguro de que esa frase cambiara algo, pero fue la primera que no me dejó peor de lo que ya estaba.

Esa Fue la Semana en Que Empecé a Apuntarlo Todo

El lunes siguiente, en vez de fingir que el partido no había ocurrido, me senté en la mesa de la cocina y escribí. Fecha, minutos jugados, ocasiones que tuve, lo que sentí en los segundos antes de cada remate. No era para enseñárselo a nadie. Era para dejar de mentirme, porque en mi cabeza la sequía era “no marco desde hace meses” y en el papel eran siete partidos, cuatro de ellos entrando desde el banquillo, y solo tres ocasiones claras realmente falladas. Tres. El resto del tiempo ni siquiera había rematado.

Empecé a registrar esto en serio en la herramienta Diario del Atleta de SportsLabTools después de cada partido: minutos, ocasiones y el estado de la cabeza antes de saltar al campo. A las tres semanas el patrón saltó a la vista solo. Marcaba en los partidos en que entraba calentado de verdad y fallaba en los partidos en que entraba mirando la pizarra de cambios, pensando en quién salía. El problema no era el pie derecho. Era la cabeza llegando al partido diez minutos después que el cuerpo.

Lo Que los Números Enseñaron Que Mis Ojos No Veían

Le pedí al delegado del equipo los datos de los últimos partidos. Nada complicado: número de remates, zona del campo desde donde rematé, pases que recibí dentro del área. Lo crucé todo en la herramienta de Estadísticas de SportsLabTools y vi algo que me dejó aliviado y avergonzado a la vez.

En los siete partidos de sequía, recibí menos de la mitad de balones dentro del área que en los partidos anteriores. No fallaba más goles. Remataba mucho menos, porque había empezado a caer atrás a buscar el balón, lejos del sitio donde los delanteros marcan. En mi cabeza, la historia era “he perdido el olfato de gol”. En los números, la historia era “he dejado de estar en el área”.

Son dos cosas distintas y se arreglan de formas distintas. La primera te mete en un despacho hablando de tus sentimientos. La segunda te mete en el entrenamiento del miércoles repitiendo desmarques de ruptura a la espalda del central. La mía era la segunda, y menos mal, porque esa sí sabía entrenarla.

Lo Que Cambié Después de Eso

Fueron tres cambios, todos pequeños.

Primero, acordé con el míster entrar siempre calentado de verdad: diez minutos de carrera y finalización detrás de la portería antes de ir a la banda, no los dos saltitos de siempre mientras espero el cambio. Segundo, me puse una regla simple dentro del área: el primer toque es para rematar, no para ajustar. Si sale mal, que salga mal con el pie yendo al balón. Tercero, dejé de bajar al centro del campo a buscar juego. Mi función es ocupar los cinco metros delante de la portería y molestar a los centrales, aunque pase veinte minutos sin tocar el balón ni una vez.

El octavo gol llegó tres partidos después. Centro desde la izquierda, primer palo, desvío de cabeza, nada especial. No fue el gol más bonito que he marcado. Fue el gol feo del que había hablado el compañero mayor, y fue el que rompió la cuenta. La cuenta era lo único que pesaba de verdad.

Consulta también: Cómo Recuperar la Confianza de un Jugador después de un Error Grave en el Fútbol, el mismo problema visto desde el lado del entrenador que tiene que gestionar la cabeza de un jugador tocado.

Si estás en sequía ahora mismo, te dejo solo esto. Puede que la mitad de lo que me funcionó fuera suerte cambiando de lado, no lo sé. Pero antes de aceptar que has “perdido el olfato de gol”, cuenta cuántas veces rematas de verdad por partido. Muchas sequías no son sequías de definición. Son sequías de presencia en el área, y la presencia se cuenta en un papel, no se siente en el estómago.


*Este relato se basa en un caso real, pero la identidad de la persona se ha mantenido en privado y algunos detalles del contexto se han recreado con fines ilustrativos.*

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