Entrenador de fútbol hablando con un jugador sentado en el banquillo de suplentes

Tolerar al Jugador Indisciplinado que Gana Partidos en el Fútbol: ¿Merece la Pena?

Todos te dicen que sientes en el banquillo al talento indisciplinado para dar ejemplo en el fútbol. En la mayoría de los casos, sale más caro que la indisciplina.

Escrito por

João Araújo

Profesor de Educación Física (FADEUP – Universidad de Oporto) · Entrenador de Fútbol Sala – Nivel II · Licencia UEFA B · Máster en Educación Física

15 años vinculado a la Educación Física en el ámbito escolar, 20 años al entrenamiento de fútbol sala en categorías de formación y 5 años como entrenador de fútbol. Jugador federado y amateur de fútbol y fútbol sala.

Tienes un jugador que decide partidos. También es el que llega tarde, contesta mal en los entrenamientos y desaparece las semanas en que no le apetece. El consejo que vas a oír de casi todo el mundo es el mismo: siéntalo en el banquillo, aunque sea en un partido importante, para dar ejemplo. “Nadie es más grande que el grupo.”

Estoy de acuerdo con la frase. No estoy de acuerdo con la solución.

En la mayoría de los casos que he visto de cerca, sentar a tu mejor jugador para “mandar un mensaje” le costó al equipo más que la indisciplina que se quería corregir. Y el mensaje que llegó rara vez fue el que el entrenador creía estar mandando.

Lo Que Dice Todo el Mundo (Y Por Qué Está Mal)

El razonamiento habitual es: si lo dejo pasar, los demás van a pensar que las normas no cuentan para todos, y pierdo el vestuario. Así que tengo que ser duro con el crack, precisamente porque es el crack, y así todos ven que una norma es una norma.

El problema de este razonamiento es que trata “sentar en el banquillo” como si fuera la única forma de que haya consecuencia. No lo es. Sentar a un titular importante en un partido de verdad tiene un coste que recae sobre once inocentes: los compañeros que entrenaron toda la semana, que dependen de ese jugador para ganar, y que van al partido con menos opciones por una decisión que no fue suya. Castigas a uno, perjudicas al grupo entero, y luego le pides al grupo que te agradezca la firmeza.

Y hay un segundo efecto, más silencioso. Los demás jugadores no son tontos. Saben que ese jugador gana partidos. Cuando lo sientas y el equipo pierde, medio vestuario no piensa “qué entrenador coherente”. Piensa “hemos perdido por un capricho suyo”. Tu firmeza, vista desde dentro, puede parecer terquedad que costó tres puntos.

Lo Que Muestran los Datos y la Experiencia

Trabajé con un equipo sénior que tenía un extremo así: desequilibraba cualquier partido, y faltaba a uno de cada tres entrenamientos. El entrenador anterior lo había dejado fuera de un derbi para marcar posición. Perdieron. El vestuario se partió entre los que lo vieron bien y los que sintieron que los había tirado debajo del autobús. Ese extremo se fue al final de la temporada, y al equipo le costó dos temporadas volver al mismo nivel.

Cuando cogí el grupo, hice otra cosa. Me senté con él y definí tres normas no negociables, por escrito: hora de llegada, presencia en los entrenamientos de miércoles y jueves, y comportamiento con los compañeros. Todo lo demás era gestionable. Y definí consecuencias que no afectaban a los otros diez: multa interna, entrenamiento extra aparte, y minutos reducidos en partidos donde el equipo no lo necesitaba tanto, no en el derbi. Al mismo tiempo, le enseñé sus números. Cruzamos las faltas a los entrenamientos con el rendimiento en partido en la herramienta de Estadísticas de SportsLabTools, y quedó claro, para él y para mí, que en las semanas en que entrenaba en serio corría más en el último tercio y perdía menos balones. El argumento dejó de ser “pórtate bien porque yo mando” y pasó a ser “tus propios datos dicen que entrenar te hace jugar mejor”.

No lo resolvió todo. Redujo las faltas a menos de la mitad y mantuvo al equipo competitivo. Eso, para mí, es una victoria, aunque no sea la victoria moral impoluta que promete la versión “siéntalo y ya está”.

Cuándo la Regla General Sigue Aplicándose

No te estoy diciendo que toleres todo. Hay una línea, y cuando se cruza, sentar en el banquillo deja de ser una opción estratégica y pasa a ser obligatorio, aunque cueste el partido.

Esa línea es: falta de respeto directa al entrenador o a los compañeros delante del grupo, comportamiento que pone en riesgo la seguridad de alguien, y reincidencia después de haber hecho ya un acuerdo claro. Si sentaste al jugador a una mesa, escribiste las tres normas, él las firmó de buen grado, y vuelve a fallar a la semana siguiente, ahí la consecuencia tiene que ser visible, porque lo que está en juego ya no es la indisciplina, es tu palabra. En ese punto, sentarlo en un partido grande es el precio de mantener tu autoridad el resto de la temporada.

La diferencia es la secuencia. Sentar en el banquillo como primera respuesta, para dar un recado, suele salir caro y mal. Sentar como última consecuencia, tras un camino de avisos y acuerdos que el resto del vestuario vio suceder, se entiende como justicia, no como capricho.

Hay además un paso intermedio que evita muchos de estos dilemas: mostrarle en vídeo, al jugador y a solas, los momentos concretos en que la indisciplina se convirtió en perjuicio deportivo. La pausa que no hizo porque llegó crudo al partido, la cobertura que falló porque no entrenó el movimiento el jueves. Ver esto en la herramienta de Análisis de Vídeo de SportsLabTools saca la conversación del terreno de la opinión (“creo que andas desconectado”) y la lleva al de los hechos (“en esta jugada, aquí, pasó esto”). Muchos jugadores cambian antes viéndose a sí mismos que escuchando un sermón.

Consulta también: Liderazgo en el Vestuario en el Fútbol: El Papel del Capitán en la Gestión del Grupo, porque parte de este trabajo no es del entrenador, es de quien tengas como líder dentro del vestuario.

La idea de que la firmeza se mide por las ganas de sacrificar a tu mejor jugador es perezosa. La firmeza se mide por tener normas claras, consecuencias que golpeen a quien falla sin castigar a quien cumplió, y valor para aplicarlas cuando nadie mira, no solo en el partido grande en que todos se fijan. Sentar al crack es el gesto que queda bien en la charla de vestuario de los otros entrenadores. Rara vez es lo que resuelve el problema.


*Este relato se basa en un caso real, pero la identidad de la persona se ha mantenido en privado y algunos detalles del contexto se han recreado con fines ilustrativos.*

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